De lo alto a lo bajo|OPINIÓN

Aristóteles, “Motor inmóvil”. Foto: Youtube Tuercas y Tornillos

Por: Salvador Echeagaray

Desde las culturas más antiguas como la Caldea, la Egipcia, la China, la Judía y las no tan antiguas como la Griegas, la Romana, etc. se había considerado que la autoridad venía de Dios. Esto es que, los gobernantes de cada pueblo eran de alguna manera representantes de Dios en la tierra.

Su misión, era emanada directamente de la divinidad, era una responsabilidad que se otorgaba desde lo alto: el gobernar al pueblo. Este último, con la democracia, es regido, al revés. La autoridad ya no surge de Dios, sino, de la gente, relegando a Dios a último plano, si es que se le concede alguna autoridad.

Claro, no es políticamente correcto defender que la autoridad debe venir de lo alto. Inmediatamente surgirían voces de personas muy inteligentes que se indignarían tan solo de pensar que Dios existiera.

Pero, si hacemos un acto reflexivo sincero, tendríamos forzosamente llegar a la conclusión de que algo existe desde siempre.

A ese “algo”, llamémosle como queramos, porque la palabra Dios, a muchos les causa sarpullido. Llámele como lo hizo el gran filósofo griego, Aristóteles, “Motor inmóvil”, que mueve sin ser movido. Y es que, si con la simple observación advertimos que todo se mueve, por ejemplo, sus ojos, estimado lector, en este momento. Su pupila se mueve por la acción de su cerebro, y su persona se mueve, por que su inteligencia, le propone a su voluntad que lo haga.

Pero usted, no se dio la existencia a sí mismo. El ser lo recibió de sus padres, éstos están aquí por sus abuelos y éstos de sus bisabuelos y así sucesivamente. Sin embargo, no nos podemos ir hasta el infinito en la serie de causas, pues, luego, no habría un principio.

Si no hay principio, no hay todo lo demás. Por lo tanto, tenemos que llegar a algo que siempre haya existido y que no haya sido causado por nada. A ese ente o ser lo conocemos con el nombre de Dios. El término Dios viene del griego Theos, que significa “el que ve”.

Y bienio, Dios para todas las culturas antiguas, era la suprema inteligencia, o el supremo bien, el artífice del universo. Por lo menos, alguien poderoso, que superaba al hombre, incluso, aunque la cultura tuviera una mitología o creyera en varios dioses como el politeísmo.

El caso es que, si se consideraba que la autoridad venía de Dios, pues la responsabilidad a tan alto cargo hacía que el poder, en la mayoría de los casos se ejerciera con gran responsabilidad. El gobernante, entonces, venía a servir al pueblo y no servirse de él, como observamos en la democracia.

Y si bien, decir que la democracia no es el mejor sistema de gobierno que un pueblo pueda tener, suena a la peor herejía que se pueda decir. La hoguera de los postmodernos inquisidores liberales ardería para quemar a quien se osara tan siquiera a poner en duda al gran ideal del humano, la democracia.

Pero, si ya no podemos sustraernos al alud democrático, al menos que sociedad y gobierno, pongan todo su esfuerzo para que algo bueno salga de esta inversión de autoridad: de Dios hacia el pueblo. De lo alto a lo bajo y ahora, de lo bajo, a qué sabe dónde.