Luchan porque haya “Bocas Felices” en Zapotlanejo

Por: Lucía Castillo

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Parada sobre un montón de barro, Cecilia planea su fiesta de quince años. Habla de eso mientras remueve la masa oscura con los pies descalzos.

“¡Uy  amá!, pero no tenemos ni para comer”, dice Cecilia. De tez morena,  ojos y cabello negros, delgada, de baja estatura, con las piernas cubiertas de barro hasta las rodillas.

La frase “no tenemos ni para comer” resuena en el aire de esta tarde nublada de jueves, un día antes del cumpleaños de Cecilia, que planeaba pasar trabajando en una ladrillera por 13 horas, pero el viernes una racha de humedad provocó que lloviera todo el día, y que los meteorólogos pronosticaran tormentas el fin de semana.

Con ese clima, ni Martha ni Cecilia pueden revolver el barro con estiércol y agua para batirlo con los pies. La mezcla la usan para hacer ladrillos. Tampoco pueden tenderlos en el piso para que se sequen porque la lluvia los deshace.

Cecilia y Martha trabajan en la ladrillera de 8 de la mañana, a 9 de la noche. Si es domingo o alguna enferma, comienzan su labor a las 10 y acaban 9:00pm.

Martha, de 39 años de edad, padece de bronquitis asmática y del nervio ciático. En invierno le cuesta respirar, y en cualquier época del año, le duele caminar.

Cuenta que no va al doctor porque sabe que le recetará reposo, y sin trabajar, no sale para abonarle al patrón los 2 mil 500 pesos que le debe, ni para pagarle a la señora de la tienda que le fía el mandado. Mucho menos sale para comer aunque sea una vez al día.

Si las dos trabajan 13 horas, hacen mil ladrillos. Por cada mil, les pagan 300 pesos a ambas. Si llevan ese ritmo todos los días de la semana, el dinero alcanza para las deudas y para comprar desayuno y cena. Pero cuantas más lluvias se pronostican, menos posibilidades hay de comer.

Martha Barajas aprendió a hacer ladrillos desde los 9 años porque sus hermanos la enseñaron. Hasta hace un tiempo trabajaba en Tonalá. Luego se vino a Zapotlanejo con sus tres hijos: Jesús, de 17 años, José, de 14, y Cecilia, de 13 años.

El más grande se regresó a la ciudad con su abuela materna. José se deja ver de vez en cuando y lleva comida a la mesa. La que se quedó con ella fue la más pequeña. Del papá no sabe nada.

Hace cuatro meses, Martha y Cecilia descubrieron cómo evitar andar por la vida con el estómago vacío.

Martha y Cecilia remueven la mezcla de barro para hacer ladrillos a las afueras de Zapotlanejo. Foto: Lucía Castillo

Martha y Cecilia remueven la mezcla de barro para hacer ladrillos a las afueras de Zapotlanejo. Foto: Lucía Castillo

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En Zapotlanejo, el hambre hace que cada día decenas de personas vayan al comedor comunitario que la familia Ruíz Bonilla abrió en donde pudo haber sido la sala de su casa.

Ahí, Concepción Ruíz Bonilla (conocida como doña Concha), junto con sus hermanos y vecinos le dan de desayunar y comer a unas 150 personas de lunes a sábado.

Algunos de los comensales viven en el barrio de Santa Cecilia, donde se ubica el comedor, o en colonias cercanas. Otros, como Martha Barajas caminan más de 6 kilómetros desde su casa para llegar ahí.

En el hogar de los Ruíz también atienden a personas enfermas, niños y adultos mayores. A algunos se les lleva la comida a domicilio en una motocicleta que se descompone con frecuencia.

Doña Concha es la que inició todo. La mujer, que rebasa los 50 años de edad, cuenta que nunca encontró un estilo de vida que le satisfaciera tanto como lo que hace ahora.

Dice que a los 13 años se negó a aceptar el matrimonio que le arreglaron sus papás. Tiempo después se fue a un convento. Luego lo abandonó.

Hoy es una mujer soltera, sin hijos, que desde hace más de un año fundó la Asociación Civil (A.C.) “Bocas Felices”.

La idea, relata Concha Ruíz, le vino de su mamá: la señora Marcelina Bonilla Orozco. Ella solía alimentar y dar alojo a quien lo necesitara. Por eso, la mayoría de los miembros de “Bocas Felices” son parte de la familia Ruíz Bonilla, originaria de Guanajuato.

A la A.C. también pertenecen otras personas de Zapotlanejo que de manera voluntaria trabajan en el comedor, un espacio aún austero para la cantidad de gente que depende de él.

Una mañana en Bocas Felices. Foto: Efrén Olivares

Una mañana en “Bocas Felices”. Foto: Efrén Olivares

Doña Concha dice que para mejorar su servicio les hace falta un nuevo quemador para cocinar y un refrigerador industrial donde quepa toda la comida que les llega a través de donaciones, y que a veces se echa a perder por falta de espacio.

Apenas tienen dos cazuelas grandes, algunas ollas y unos cuantos trastes para servir la comida. El comedor es un cuarto con cuatro mesas y 20 sillas de plástico. Sobreviven mediante donativos, rifas, venta de comida en eventos especiales y las ganancias de un bazar de ropa.

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Son las 9 de la mañana en la casa de los Ruíz Bonilla. En la televisión, una película muestra la vida de una familia burguesa en la Ciudad de México. Mujeres con altos peinados y vestidos extravagantes bailan un vals y beben vino en copas de cristal

Afuera de la pantalla, en el comedor de la calle Alcalde número 80, en Zapotlanejo huele a pan con cajeta y a leche recién ordeñada. También hay molletes de frijoles y yogurt con fruta. Los voluntarios ya preparan los alimentos del día, liderados por Rosalba Ruíz Bonilla y Rosario Alvizo Ascencio, una mujer cuyo entusiasmo la llevó a abandonar la idea de irse a Estados Unidos por quedarse en el comedor y hacer la labor de trabajadora social.

Entre las 9 y 10 de la mañana, unas 20 personas se sentaron a la mesa que está frente al televisor. Otras más se llevaron la comida a sus domicilios. Ahí todos se conocen pero poco dialogan, sólo comen y se van.

Bienvenidos al comedor Bocas Felices. Foto: Efrén Olivares

Bienvenidos al comedor Bocas Felices. Foto: Efrén Olivares

Al comedor también llega la “gente de paso”, como les dice doña Concha. Se trata de migrantes hondureños, salvadoreños, guatemaltecos. De Chiapas, Sinaloa y Michoacán. Bajan de los trenes de carga de Ferromex en Guadalajara, en los que viajan por el país. Ya a pie o de “aventón”, llegan a Zapotlanejo y luego dan con Bocas Felices.

Cada día, los miembros del comedor alimentan a una familia nueva. Quien se acerca a pedir ayuda, da sus datos personales a Rosario Alvizo y ella los investiga para corroborar que sí necesitan el apoyo.

Un día al comedor llegó un hombre junto con sus dos hijos. Se sentaron a la mesa, comieron, dijeron su dirección y se fueron.

Cuando Rosario fue a investigarlos, se topó con que vivían tras un cerro, con un árbol frondoso como techo, y una alfombra de basura como piso. Luego supo que los niños piden dinero en la zona céntrica de Zapotlanejo, obligados por su padre: un joven desempleado, con problemas de adicciones.

Los menores, dice Rosario, son agresivos y a veces andan armados.

“Si tuviéramos miedo no haríamos nada. Si queremos un cambio, hay que echarle ganas. Es duro, pero no imposible”, expresa doña Concha luego de escuchar a Rosario.

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Martha Barajas y Cecilia trabajan en la ladrillera porque dicen que les gusta andar al “viento libre”. Cuentan que han intentado dedicarse a otro oficio pero el encierro las asfixia y no les gusta recibir regaños.

Durante varias semanas dejaron de asistir al comedor porque tuvieron que trabajar para pagar los 4 mil pesos que les costó su nueva casa: una construcción sin puertas ni ventanas, sin luz o agua, asentada en un fraccionamiento abandonado porque no pasó las pruebas de vivienda hace unos seis años, en las afueras de Zapotlanejo.

¿Qué pasa cuando Martha y Cecilia no pueden ir a Bocas Felices?

Comen poco. Pan. Frijoles. Café en agua calentado en un fogón. Leche. Cenan tarde para aguantar el hambre por la noche.

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En un municipio con casi 70 mil habitantes, más de 40 mil personas viven en “pobreza multidimensional”, lo que significa que tienen rezago educativo, no acceden fácilmente a la atención médica y carecen de servicios básicos en sus casas, como electricidad y agua potable, según el Instituto de Información Estadística y Geográfica en Jalisco (IIEG).

En comunidades como San José de las Flores hay casas sin escusados; en Matatlán y La Laja algunas familias viven en construcciones con pisos de tierra y sin refrigerador. Santa Fe es la delegación con más viviendas sin agua entubada, refiere el IIEG.

A personas de éstas y más comunidades llega la ayuda de Bocas Felices. Dos motociclistas voluntarios reparten la comida en algunos domicilios: a los más lejanos y a las personas más enfermas o grandes de edad.

Doña Concha Ruíz cree que para lograr tener “el comedor de sus sueños”, requiere de unos 80 mil pesos. Con ese dinero compraría el equipo necesario y empezaría a fincar el comedor en el terreno que la familia Dávalos les donó, en la colonia Presidentes.

“Alguien dijo que en Zapotlanejo no hay hambre pero hay muchas cosas que faltan para que la gente sea feliz”, advierte doña Concha.