El pueblo tiene una guitarra: la de Jacinto Castillo

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Por: Lucía Castillo

Jacinto Castillo acaba de comprar un violín. Lo muestra con orgullo. Por la forma en que lo observa, pareciera que el instrumento es un bebé recién nacido al que apapacha y acaricia.

-Es un violín hecho en 1716, mira, ahí dentro dice. Es copia de Antonio Stradivarius, me lo vendió un mariachero.

El músico habla del número de instrumentos que tiene en su casa. Calcula que son 70, y de distintos tipos.

-Uno más se vería ridículo- comenta.

El hombre rebasa los 60 años, pero ahora parece ser un niño al que acaban de darle un juguete nuevo. Sentado sobre una silla de plástico común y corriente, acomoda el violín en su barbilla, sujeta bien el arco y entona las notas de Dios nunca muere, un vals considerado el himno de los oaxaqueños, que conoce porque le gustaba a su padre: don Jacinto Castillo.

El sonido resuena por todos los rincones de la Casa de Cultura en Zapotlanejo, lugar que alberga el ensayo de la Banda Municipal.

-En un rato nos vamos a ir a Santa Fe a tocar, es cosa de que lleguen todos los niños para subir los instrumentos al camión y ya irnos. Vamos a presentarnos en el kiosco de allá, a las 8 en punto.

El músico aún con su retoño de cuatro cuerdas. Cuenta que se lo enseñó a su hermano Miguel para que lo aprobara, que la pintura no es la original pero es un instrumento fino, que quien se lo vendió estaba en el restaurante El Borrego. Lo compró con una verdadera ganga.

Jacinto recuerda la delicadeza con que sus tíos limpiaban los violines, los guardaban en su estuche y los ponían en un lugar donde nadie los tocara.

El afecto por la música le fue heredado. Por eso uno de sus más grandes gustos, además de tocarlos, consiste en cuidar su amplia colección de guitarras, violines, mandolinas, teclados, bajos, trompetas, saxofones, trombones, y un puñado de más instrumentos cuyos nombres no son tan comunes.

El kiosco musical

Era el año de 1954 y los habitantes de Puente Grande, Jalisco celebraban sus tradicionales fiestas en honor a San Antonio, cuando Jacinto, de apenas 4 años de edad salió de su casa sin ropa para ir tras la banda municipal que recorría las calles de aquel poblado acompañando a la peregrinación.

“Me gustaba escuchar las bandas desde niño. Aprendí a tocar guitarra por mi mamá. Ella me enseñó los primeros acordes. Todos sus hermanos eran músicos y nos enseñaron a tocar otros instrumentos”, recuerda.

De adolescente, Jacinto empezó a estudiar con el zapotlanejense Vicente Gutiérrez, quien fuera músico del compositor mexicano Agustín Lara.

A los 11 años subió por primera vez al kiosco de la plaza principal de Zapotlanejo e hizo su debut como trompetista en la Orquesta Municipal, que entonces dirigía el maestro Gutiérrez.

En los años 70, Jacinto Castillo formó la primera banda de rock en el municipio: Opus, cuyo repertorio se componía de canciones de The Beatles que tocaron por primera vez en el kiosco.

-Y desde entonces no he dejado de tocar ahí- confirma Jacinto con la autoridad que sus más de 50 años dedicados a la música le permiten.

Jacinto dirigiendo la Orquesta Municipal en una presentación de 2013. Foto: Lorena Castillo

Jacinto dirigiendo la Orquesta Municipal en una presentación de 2013. Foto: Lorena Castillo

La trayectoria musical del señor Castillo se internacionalizó cuando en 1972 se fue a vivir a la ciudad de Oakland, California, en Estados Unidos.

Allá creó la agrupación Alma Latina, que después fundó en Zapotlanejo junto con su amigo Juan Pulido. También se integró a un proyecto llamado Yolanda María y su banda Tepa, y varios mariachis.

El bocho azul

Cuando Jacinto no estaba de gira por Estados Unidos, solía ir por sus tres hijos a la escuela en un bocho color azul. Mientras los esperaba, se paraba al lado de su automóvil y tocaba su guitarra o la trompeta.

-Mis amigos pensaban que era divertido, pero me daba vergüenza- recuerda su hija Lorena.

Jacinto se defiende de este recuerdo con una sonrisa pícara, como si hubiera hecho una astuta travesura.

-¿Qué querían que hiciera?, tenía que entretenerme en algo y por eso me ponía a tocar.

Camino a su casa, cuando el semáforo se ponía en rojo, el señor Castillo tomaba uno de sus instrumentos del asiento del copiloto, bajaba del bocho azul y hacía un acto musical. A la luz verde, subía al carro y continuaba el trayecto.

Su costumbre siempre ha sido salir con un instrumento: “Desde niño cargo violín, trompeta, guitarra o teclado. Siempre traigo una pequeña orquesta en el Volkswagen –el bocho azul-”.

Pedro Vargas

Jacinto Castillo ha estado en el mismo escenario que cantantes mexicanos como Pedro Vargas, Guadalupe Pineda, Aida Cuevas, Carlos Cuevas, Jorge Vargas, Marco Antonio Muñiz y Luis Manuel, “El de la Paloma”.

A Pedro Vargas lo conoció durante la verbena popular que se celebra en San Francisco cada 15 de septiembre, Día de la Independencia de México.

Aquella vez, “El Ruiseñor de las Américas” cantó acompañado de Jacinto y su guitarra: “Lo de Pedro Vargas fue muy memorable para mí porque sin pedirlo, sucedió”.

La enciclopedia musical de Zapotlanejo

Jacinto volvió a Zapotlanejo luego de vivir más de 30 años en Estados Unidos. Magdalena, su actual esposa relata que fue la música la que lo trajo de regreso a México.

“Allá se sentía frustrado porque no tenía tanto tiempo para dedicarse cien por ciento a esto”, platica la mujer.

Cuando regresó al municipio, hace casi diez años, abrió una escuela de música en un local a las orillas del pueblo.

También volvió a echar a andar la Orquesta Municipal, aquella a la que perteneció en su infancia. Luego le ofrecieron dar clases en Casa de la Cultura y en la Preparatoria Regional de Zapotlanejo.

En la Casa de la Cultura, ensayando la Orquesta Municipal. Foto: Lucía Castillo

En la Casa de la Cultura, ensayando la Orquesta Municipal. Foto: Lucía Castillo

“Jacinto es una enciclopedia musical de Zapotlanejo: él conoce los gustos musicales de casi todos los personajes célebres del municipio”, cuenta Federico Jiménez, su amigo desde hace más de 40 años.

Jacinto sólo sonríe y confirma su capacidad para grabarse la canción preferida de varias personas.

“Siempre conviví con gente muy sobresaliente de Zapotlanejo. Mi guitarra siempre ha sido para ellos. Me invitaban a sus fiestas y tocaba las canciones que les gustaban. Era un niño en comparación con ellos que tendrían de 40 a 60 años. Yo tenía 14.”, rememora.

-Él es música todo el día, todas sus pláticas están llenas de ella- comenta Federico.

Y es que el hombre duerme con una guitarra al pie de la cama. Sin ella no podría conciliar el sueño, advierte su esposa.

Su vicio

Las decenas de instrumentos finos que Jacinto tiene han llegado a sus manos algunos por casualidad, otros son regalos o herencias de familia. Pero las guitarras son su mayor debilidad.

-Si veo una que me llena el ojo tiene que venirse conmigo, y a veces no escatimo, aunque no tenga dinero la dejo apartada o si hay forma de sacarla en abonos, lo hago. Una guitarra que me gusta no la dejo ir, es un vicio que tengo.

En más de una ocasión ha vendido alguno de sus instrumentos. Eso le ha causado insomnio: “Se me va el sueño pensando en por qué lo vendí y después ando buscándolos de vuelta”.

La clave de Sol

Es tal la pasión de Jacinto por la música que hasta se ve reflejada en su casa, ubicada en la calle Santa Cecilia, que en la religión católica se le reconoce como “patrona de los músicos”.

Jacinto y sus recuerdos. Foto: Lucía Castillo

Jacinto y sus recuerdos. Foto: Lucía Castillo

En la parte superior de su camioneta hay una clave de sol. En la azotea de su domicilio también hay una clave de sol. En la puerta de entrada y en la cajuela de su carro: un bocho blanco.

-Es un logotipo que va conmigo y puede ir con todos los amantes de la música- explica el guitarrista.

En su casa hay más instrumentos que muebles. La decoración está acompañada por muñecos de cerámica que figuran hacer música.

En la cocina, el refrigerador está cubierto de guitarras, violines y trompetas en miniatura. Las sillas de la cocina tienen cojines en los que están dibujadas partituras de Beethoven, Vivaldi o Mozart.

Sentado en la sala, Jacinto hace sonar una guitarra que tiene casi la misma edad que él: es la guitarra de su madre, María de Jesús Gómez.

Jura que ese instrumento de seis cuerdas es su voz, por eso el primer disco que grabó se llamó: “La Voz de mi Guitarra”.

La semblanza de su juventud se cuenta a través de sus amigos, de quienes era muy común escuchar decir: “Ahí viene Jacinto y su guitarra”. Por eso es que él se atreve a recitar: “El pueblo tiene una guitarra: la de Jacinto Castillo”.