“Más allá de la Muerte” trascendió el arte en Zapotlanejo

Por: Liliana Dávalos

Son las 7:30 pm. Aún quedan vestigios del sol que se reflejan en las cúpulas de la parroquia. Frente al palacio municipal, hay un ataúd negro que permanece inmóvil, rodeado por mujeres vestidas del mismo color. Lloran. Las personas que se acercan a presenciar la escena susurran: “¿Quién se murió?, ¿qué es ese ataúd?”.

Un hombre cercano al cajón se ve preocupado: “Hace falta gente, ¡que se traigan al staff!”. Siguen llegando personas, adultos, niños. La mayoría trae entre las manos una veladora apagada.

En la parroquia, llaman a misa y las campanas repican hasta que el sol se desvanece por completo. La plaza está casi llena, en cuestión de minutos el staff se pierde entre los curiosos que se acercaron por bulla o por gusto.

El festival está por comenzar. Las veladoras se encienden, la catrina vino por su difunto, la carroza espera. Un ángel se coloca frente al ataúd, el diablo no se deja y se posa junto al ángel. Alrededor de un centenar de personas observan el espectáculo, la procesión inicia con los vivos y falsos muertos que se abren paso por las calles.

El ataúd sin muertos que encabezó la procesión del viernes, como parte del festival. Foto: Fredy Parra

El ataúd sin muertos que encabezó la procesión del viernes, como parte del festival. Foto: Fredy Parra

“Más allá de la Muerte”, se lee en carteles pegados en columnas y muros. La escuela Aurelio Aceves y sus ruinas atávicas son las anfitrionas del segundo festival independiente realizado por el Colectivo Odisea Literaria.

Zapotlanejo nunca había visto algo de tal magnitud. Por la puerta metálica del lugar, no deja de entrar gente. Más allá de la muerte es el sentimiento que llega cuando te ves rodeado de una oscuridad quebrantada por veladoras que guían el camino hasta tu asiento. Shine on you crazy diamond, de Pink Floyd acompaña a los asistentes durante la marcha.


De manera unánime todos se colocan en sus sillas, lo que alguna vez fue cementerio ahora es escuela, lo que alguna vez pudo ser templo es ahora el escenario perfecto. El ataúd aparece en un punto medio de las ruinas, rodeado de candelabros, iluminado por un haz de luz. A escena sale un personaje y del cajón, ahora abierto, toma un cráneo. “Ser o no ser”. Shakespeare estaría orgulloso.

El recinto se llena de aplausos, chiflidos y sonrisas. Los organizadores no se ven tan contentos. Detrás del escenario se inicia la búsqueda por los músicos, “¿dónde están los rockstars?”.

El sonido falla y los micrófonos se burlan, pero a la gente no le importa. Todos observan mesmerizados y escuchan atentos al presentador, quien agradece el apoyo de tan grande audiencia. Las sillas faltan, han llegado alrededor de 600 personas. A nadie le interesa si se está de pie o se está sentado. Interesan las luces que cuelgan de los árboles, María interpretada por los rockstars antes perdidos, las pinturas que se esconden a un costado de las aulas de clase. Aquí lo que importa es el arte.

Alguien más sube al escenario. No se le ve el rostro pero de su boca suena una voz gutural que recita penas, glorias, causas y destinos. En una mesa iluminada por un reflector, un grupo de niños se queda callado de repente. Hay pinturas y hojas en sus manos. Ellos también saben crear. El hombre sin rostro sale de escena y Gabriel García Márquez despierta de entre los muertos personificado por una catrina que lucha por mantener el equilibrio y recitar las penurias de Santiago Nasar. Nadie se da cuenta, la catrina ya sabe bailar este baile y un par de tacones no impedirá que haga su trabajo. Triunfante, sale del escenario.

La catrina que leyó un fragmento del libro Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Foto: Alfredo Olivarez

La catrina que leyó un fragmento del libro Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Foto: Alfredo Olivarez

El resto de los lectores se reúne, los músicos inician una Lucha de gigantes, el staff sigue corriendo de un lado a otro, el sonido sigue mal, “¿dónde están las otras lecturas? ¡Qué no se peguen tanto el micrófono!”.

El público sigue incauto ante las dificultades técnicas del evento. Alguien en la mesa de los niños tumba un reflector, silbidos infantiles abuchean al culpable mientras Mecano es recordado a cada trago de Aire que la banda sopla desde el escenario.

Se van los músicos y tras ellos sube una autora, habla de muertes, amenazas y un crepúsculo purpúreo. Resuenan los aplausos mientras ella se aleja de las ruinas. Siguen las lecturas, la participación es interminable, hay anhelos, suspiros y aflicciones. Detrás del escenario, una de las participantes colapsa nerviosa, “¡tráiganle un cigarro!” y los planeadores se burlan: “Parecemos madres esperando a nuestros hijos afuera del Cefereso”.

La participante sobrevive, camina descalza frente a la luna llena. Se va la muerte, en el escenario ya no hay savia. Sandunga interviene, se aparece La llorona y Violeta Parra nos recuerda que siempre debemos dar Gracias a la vida. El público está encantado, en sus miradas se ve el agradecimiento resplandeciente bajo velas y lámparas casi inertes. Hay murmullos, “ya hacía falta esto, ¿quién lo organizó?, ni en Guadalajara hacen cosas así”. El esfuerzo y estrés de meses atrás están dando frutos.

Entonces aparece una vaca, “¡vaca cabrona!”, grita la protagonista del cortometraje y el público estalla en risas hasta quedar silenciado por un final no tan gracioso. Hay suspiros, más aplausos, Amado Nervo sale a escena para decirle a la vida que nada le debe, que están en paz. Siguen fluyendo los autores locales, hay muchas vidas, hay tradiciones. Facundo Cabral hace su aparición, los nervios tras bambalinas ya son otros, no hay tanto estrés, no existe la misma preocupación que antes, la nube de humo de cigarro se empequeñece, el sonido está cooperando, los micrófonos pierden la batalla.

Sin dejar de poner atención al escenario, la gente se pone de pie. Estiran las piernas y caminan por la escuela, “no había puesto atención a lo bonitas que son las ruinas”, comentan. Un grupo teatral aparece y la muerte se lleva consigo a otra víctima, una mujer antes sentada en posición fetal, abrazando sus rodillas, la toma de la mano y ambas huyen sin decir nada.

Los asistentes siguen recorriendo la escuela. Una pequeña escultura es víctima de rayones con gises y el aplauso de sus victimarios. Le rodean colibríes, cuervos y más catrinas; el camino artístico sigue y aparecen fotos, el público examina: muertes folclóricas, a la mexicana, representaciones espirituales y las obras de nuestro pueblo son observadas con añoranza.

Algunas de las obras montadas en la exposición del viernes. Imagen y muestra de Fernanda Ramírez Castillo, artista local

Algunas de las obras montadas en la exposición del viernes. Imagen y muestra de Fernanda Ramírez Castillo, artista local

En el escenario el show no se detiene. Amor eterno resuena en las bocinas. Del público salen sollozos, frente a las ruinas, la tierra comienza a llenarse de veladoras en honor a los que tomaron el rumbo final antes que nosotros. Hay respeto, solemnidad y nostalgia, “esa le cantamos a mi abuelita en su funeral, ¡no me dejes llorar!”. Pero las lágrimas no necesitan permiso. Silencio después de la música.

Aunque el ambiente se torne pesado, los artistas no paran. Continúan las lecturas e incluso la muerte es condenada. Se habla de esperas, de seres odiados, nos recuerdan que al agobio de la vida le queda el consuelo de la muerte, Muertos amores hacen presencia hasta que Cerati nos invita a beber té. Después El cristal aparece entre notas musicales y con la ayuda de otro grupo teatral, Francisca y la muerte llegan al espectáculo.

Ambas aligeran el aire, los sollozos son intercambiados por las risas que Francisca provoca. La muerte no la encuentra, a la muerte se le va el tren y huye con los pies hinchados. Francisca y sus ocupaciones la salvan. Después, a pesar de la falta de representante, se da lectura al legado de Pito Pérez, quien nos deja su amargura, la mierda de su vida; la humanidad se mofa y calla.

Una reportera camina por el escenario, nos obliga a recordar a nuestros Desaparecidos, a darnos cuenta de que la muerte va en aumento, de que aquellos que no están, a pesar del número, tampoco se olvidan. Vuelve la pesadez al aire y los organizadores están satisfechos. Al final, un burro mal posicionado ocasiona más risas inocentes y la catrina vuelve a escena. Estalla un grito y con éste pólvora y las ovaciones de los asistentes que también han quedado satisfechos.

“Más allá de la muerte”, más que el título de un festival, es una cláusula, una promesa que queda abierta, expuesta, que nos da a entender que con el arte todo trasciende y que Zapotlanejo, más que ropa y récords Guinness, es su gente, sus tradiciones y su cultura.

Así lució el escenario en el festival "Más allá de la Muerte". Foto: Alfredo Olivarez

Así lució el escenario en el festival “Más allá de la Muerte”. Foto: Alfredo Olivarez

El programa del evento tuvo este orden

El programa del evento tuvo este orden

Sobre Odisea Literaria

A inicios de año, con el fin de abrir más espacios culturales y artísticos, un grupo de jóvenes profesionistas de Zapotlanejo, sin intenciones políticas o de lucro, apoyados únicamente con las donaciones y patrocinios de los ciudadanos, decidieron formar el Colectivo Odisea Literaria. Desde junio del año en curso, dieron arranque con un primer festival cultural llamado “Trascender con el Arte”, al cual se calcula asistieron 300 espectadores.

Ahora, por segunda ocasión, nos traen a escena el festival “Más allá de la Muerte”, que, al igual que la primera edición, incluyó obras de escritores, pintores, escultores y músicos locales, además de lecturas y dramatizaciones de autores latinoamericanos. Fueron testigos de esto un aproximado de 600 personas.