El único equipo que juega todos los partidos de futbol como local

 

Imagen ilustrativa: www.unomasuno.com

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Por: Brandon Olivarez Jaramillo

Es la liga regional de Zapotlanejo. Se avecina un partido entre felinos: Jaguar contra Jaguares.

Las especulaciones se apoderaron de los días anteriores al enfrentamiento. El equipo rival en turno tenía temor de ser amenazado en los días previos al partido, a ser violentado durante y después del juego e – inclusive –  a ser víctima de robo.

Los rumores generaron expectación de encontrarse con ex jugadores profesionales en un equipo amateur: Jaguar, el conjunto de futbol que juega en Puente Grande. Sin embargo, lo único cercano a la profesionalización que aquel equipo de reos tenía eran los entrenamientos que realizaban tres veces por semana con duración de dos horas.

Algunos equipos declinaron la oportunidad de presentarse a jugar en Puente Grande y quienes lo hicieron, salieron vapuleados de la cancha. Pero al menos, ellos podían disfrutar de ese placer: ingresar, poner un pie fuera minutos después y relacionarse con un mundo exterior que te provee de todo.

Dos horas antes del partido

El equipo visitante debía presentarse en las inmediaciones del CEFERESO 2 con ése tiempo de anticipación para pasar las revisiones de rutina antes de acceder al penal.

Al llegar, los jugadores descendieron de sus vehículos, se miraron unos a otros y sus ojos denotaban temor e incertidumbre. Fueron recibidos por guardias de seguridad y tras pasar la verificación se les abrieron las puertas en la penitenciaria de Puente Grande.

El espectro aquel era enorme y vacío a pesar de las multitudes. Sí, enorme y vacío. Lleno de reclusos que esperaban cumplir su sentencia pero que estaban condenados a morir en olvido si aún no habían muerto.

Minutos antes del encuentro, centenares de presos aguardaban, como si no fuesen suficientes las rejas, detrás de un alambrado que dividía espectadores de jugadores. Y junto con aquella oncena estaban preparados para vivir durante 90 minutos un presente diferente a lo acostumbrado.

Los visitantes saltaron a la cancha y una vez que sus piernas dejaron de temblar y los nervios se alejaron, levantaron la cara y se dieron cuenta de que el adversario no era un enemigo y que, posiblemente, sin pruebas como muchos otros, se encontraban aislados pagando un pecado con cinco, diez o veinte años de su vida.

Silbó el árbitro y la visita comenzó ganando el partido por 2-0 (como todos los rivales). Sí, dos goles a favor de manera automática por el simple hecho de pisar la cancha. Jaguar regala dos goles en cada encuentro, por el puro placer de poder remontarlos.

En cuestión de minutos la distancia se diluye. Los errores defensivos cometidos por el rival se pagan caro pero no tanto como los cometidos socialmente.

En cada grito de gol la ventaja se ampliaba para el local pero, irónicamente, en cada uno de ellos los integrantes desearían que los años de sentencia en prisión se redujeran.

Entonces, dos realidades distintas convergen y conviven en un solo mundo. La experiencia de una vida paralela, de una vida simultánea, se hace presente dentro del mismo tiempo y espacio. Las visitas familiares, las creencias religiosas, el deporte, todo, absolutamente todo, se vuelve válido y necesario para poder vivir y creer que se es libre cuando la libertad se ha perdido.

Día tras día los internos esperan con ansiedad el fin de semana para librarse de los uniformes que los identifican como reos y cambiarlos por un short, una casaca, ponerse los tachones,  jugar al fútbol y frenar el tiempo.

Quizás un rectángulo verde, una pelota y dos porterías no resuelven sus problemas pero contribuyen para que puedan olvidarse de ellos por un instante.

Termina el partido. Jaguar ganó 10 a 2 este encuentro.

Jaguar del Centro de Reinserción Social (C.R.S), que participa en la Liga Regional de Zapotlanejo, juega todos sus partidos como local, su fortín es un centro penitenciario y, con o sin justicia, viven una libertad a medias.