El bolero que le “da brillo” a la plaza

Luis Nuño, bolero de oficio desde hace 43 años en Zapotlanejo. Foto: Lucía Castillo

Luis Nuño, bolero de oficio desde hace 43 años en Zapotlanejo. Foto: Lucía Castillo

Por: Lucía Castillo

En segundos, El Judicial se levantó abrupto de la silla. Dejó los zapatos a medio bolear, sin brillo. Sacó el arma y apuntó al bolero. A donde cayera el tiro.

Luis Nuño Cervantes tiró el cepillo y la franela. Pegó el salto a una de las jardineras de la Plaza Principal de Zapotlanejo. Se agachó lo más que pudo, dio otro brinco y se escondió tras el kiosco de la plazoleta. Esperó a que El Judicial se largara y, cuando ya no escucharía más su voz, se iría por pierna a su casa.

Escondido en el kiosco, Luis entonces un treintón, observaba que el enojo del Judicial había encontrado un nuevo destinatario: Gavino, un agente de tránsito, tepatitlense de mediana estatura, quien se atrevió a encarar al empistolado que cada domingo convertía aquel espacio en una escena del viejo Oeste.

–Ira nomás, ¡qué bonita pistola!, ¿cuánto vale su cucaracha hija de la fregada?– le dijo Gavino al Judicial.

Las miradas de ambos se encontraron, las palabras también. Faltaba nada más esa bola de paja que vuela por el desierto de las películas Western. Faltaba nada más, el momento en que cada uno desenfundara el revolver. Por un instante, el tiempo se hizo eterno, y Luis aprovechó para correr sin parar, hasta llegar a la puerta de su casa. El kilómetro de distancia lo corrió como si fueran los 100 metros planos.

“Del susto me volví diabético. Llegué con la boca seca, y ni el agua me ayudaba. En esos días me sentí mal, fui al doctor y me detectaron la enfermedad”, relata Luis Nuño, bolero de oficio desde hace más de cuatro décadas.

Ya no supo si El Judicial y el agente de tránsito se pegaron de tiros. Sólo recuerda que aquel día, regresó más tarde a la plaza, y su silla de bolero, seguía en pie.

¿Por qué tanta molestia en aquel “Juda” de los años setenta? Una mancha inusual en el zapato detonó su ira. Gritaba eufórico –según recuerda Luis–, con esa autoridad que le había sido dada por ser uno de los pistoleros más temidos de la región.

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Luis Nuño Cervantes. 74 años. Piel morena. Ojos azules, cabello grisáceo. Despide un olor a cigarro. Quizá por eso, pocos son los días en que no tenga gripe.

Sus uñas casi siempre están coloridas. Negras, cafés, colores oscuros, los que siempre pone con las yemas de los dedos en los zapatos de los clientes. Regularmente viste pantalón de vestir, camisa a cuadros, y anda bien fajado. El atuendo lo contrasta con la cachucha que a diario lleva puesta y, paradójicamente, con los zapatos negros sin bolear.

Su rutina empieza cuando el reloj marca las seis. Se viste y se va a la plaza a trabajar. Camina 20 minutos, los que separan su casa y el centro de Zapotlanejo.

En el trayecto hace una escala en el mercado municipal. Bebe café en el puesto de un amigo suyo. Después, desencadena la silla de bolero, y la empuja hasta la esquina de la calle Juárez e Independencia.

Ahí, saca de debajo del asiento, sus herramientas de trabajo. Deja todo perfectamente ordenado, en los costados de la silla. Y a las siete, empieza a “darle bola” a los zapatos de los choferes de Oriente, la empresa de transporte que conecta el pueblo con Guadalajara.

A las ocho de la mañana, le llegan los amigos, los clientes y raramente, alguna mujer que va que le boleen las zapatillas. He llegado a crear una relación cercana con los clientes, a los que les cobra 25 pesos por boleada, ésa, que hace más de 40 años, apenas si costaba 3 pesos.

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-¡Igi, igi, igi!

La franela de Luis produce esa melodía al frotar con una de las botas picudas de piel de Felipe Morales, un ex ganadero robusto, que usa texana y camisa vaquera, y que desde hace 14 años, acude con Luis a que le “den bola”.

–¡Igi, igi, igi!

Luis Nuño desliza el pedazo de tela por la otra bota. Entre más rechinido, más limpio queda un zapato.

Cada que cambia de zapato, el bolero le sacude el polvo, le humedece con agua y jabón, le seca, le aplica grasa con una brocha pequeña, le cepilla y le saca brillo con la franela.

“Vengo de vez en cuando a darme cuenta de todos los argüendes. Aquí de boleto te enteras qué sucedió en Zapotlanejo y quién se murió”, dice Felipe Morales, mientras está sentado, a la espera que Luis le deje los zapatos como nuevos.

Las bancas aledañas a los puestos de los boleros sirven como sala de espera para quienes van a que les limpien los zapatos. Se convierten, sin haberlo pedido, en un punto de reunión de los hombres del pueblo, que no hacen más que hablar de sus problemas, de los males del país y de las últimas noticias de Zapotlanejo.

Casi todos ellos son jubilados de la empresa Oriente o de alguna otra para la que trabajaron allá, en Estados Unidos.

Luis es uno de los pocos boleros sobrevivientes en Zapotlanejo. El oficio ha ido desapareciendo poco a poco. Entre los años 50 y 70 del siglo pasado, habían 10 y hoy, queda la mitad.

En los tiempos en que los boleros inundaban la plaza, ésta vivía de otra manera: las jardineras que la rodean no medían más de un metro -como son ahora-;había jardines con arbustos pequeños a ras del piso que era de mosaico cuadrado; cuatro fuentes de cantera gris se alzaban alrededor del kiosco; las bancas lucían un color blanco.

Los clientes de Luis aún recuerdan a los boleros de antes, sólo por los apodos.

El “Güero Tabeta” era capaz de sacarle tal brillo a los zapatos, que quedaban como un espejo.

Rafael Navarro “Chema” era reconocido como el primer bolero de Zapotlanejo junto con Jesús Machuca, quien luego abrió un motel a las orillas del municipio.

“El Panza Larga”, y “El Garabato” eran otros de los que “daban bola”.

“Nueve boleaditas es lo que sale al día. Ya está muy malo esto, uno no saca para comer. Al día no pasas de sacar 200 pesos. Antes ganaba uno menos pero la moneda valía. En estas épocas qué más puedo hacer, ya no puedo trabajar en otra cosa y no le dan trabajo a uno con esta edad”, lamenta Luis Nuño.

Ya no deja dinero, ya no hay interés por el arte de “dar bola” y las sillas de bolear “se ven feas donde están”, estas son las razones por las que el oficio se ha ido perdiendo en Zapotlanejo, según Luis y sus clientes.

-¿Qué pasaría si dejara de haber boleros en Zapotlanejo?– se le pregunta a Luis Nuño.

-El bolero es un adorno de la plaza, la gente está impuesta a vernos. Somos parte del paisaje.

Una mañana de enero en la plaza de Zapotlanejo, donde laboran los boleros. Foto: Lucía Castillo

Una mañana de enero en la plaza de Zapotlanejo, donde laboran los boleros. Foto: Lucía Castillo